De la búsqueda de la estabilidad a la gestión del cambio

 

Carlos Capacés

Director

 

 

No es necesario remontarse mucho tiempo atrás para recordar cómo las empresas premiaban, gratificaban y estimulaban a los integrantes de sus estructuras para que orientaran todas sus acciones en búsqueda de la estabilidad. Basta que nos remontemos justo hasta …¿ayer mismo? Es cierto, no nos engañemos, que a las organizaciones les ha obsesionado y siguen obsesionadas, muchas veces justificadamente, por tener equipos con poca rotación, por especializar a sus empleados en la realización de tareas buscando cero defectos o por confeccionar y establecer procedimientos internos unificados que facilitaran el funcionamiento del engranaje interno, por muy complejo e internacional que éste fuera. En definitiva, a las organizaciones les ha obsesionado procurarse toda la estabilidad posible.

Y hasta tiene su sentido, comprensible para la mayoría, que una casa bien organizada en la que toda la familia sepa lo qué tiene que hacer y cómo tiene que hacerlo, es una casa en la que la armonía es mayor y la convivencia es mejor. Esto se consigue cuando los gastos generales están bien controlados en base al consumo previsto y cuando las sorpresas se limitan a las ya sabidas y esperadas.

En las empresas, las expectativas y necesidades son más o menos las mismas, cuanto más control haya sobre la situación y menos sorpresas inesperadas sucedan, más estabilidad habrá de la que disfrutar.

Pero de repente, un día inesperado, a alguien con un brillo natural en los ojos se le ocurre que es el momento de cambiar. Y se empieza a murmurar (primero en voz baja y más tarde elevando el tono, para en unos días publicarlo en el tablón de anuncios), que la gestión del cambio es inminente y necesaria. O que es necesaria porque es inminente. Que debemos prepararnos. Que nuestro apellido pasa a ser de Gutiérrez, Velasco, Sáenz o Blanes, a ser Open Mind.

 

 

 

 

 

 

 

 

Y además se espera que reaccionemos bien, no solo aceptando el cambio, sino además propiciándolo, enarbolándolo como nuestro nuevo estandarte. No importa que parezca que todo lo que hemos realizado (hasta que el del brillo natural en los ojos tuvo la feliz idea), no sirva aparentemente para nada. No importa que pensemos que casi hubiese sido preferible no haber hecho nada, porque así no tendríamos la sensación de inutilidad y de estar poco reconocidos en base al esfuerzo realizado. Ahora, solamente se te contempla como alguien verdaderamente comprometido con el proyecto, si utilizas la palabra cambio unas trece veces por minuto, es decir, tantas veces como respiras.

Por otro lado, del mismo huevo del que nace la necesidad de cambio, nace la reacción humana de la resistencia. Y por lo tanto, no solamente recibes las consignas de obligado cumplimiento para “cambiar fluyendo” (porque a estas alturas, ya te habrán inscrito a un curso cuyo contenido se base en el concepto del “flow”, de un tal Mihaly Csikszentmihalyi), sino que además, sufrirás las arremetidas descontroladas de tu superior jerárquico, para gestionarte él solito tus comportamiento y emociones que vas a manifestar en cada una de las fases de la “curva del cambio” (porque a estas alturas, tu jefe habrá asistido a una formación en la que le explicarán como ayudarte a realizar el “tránsito”, desde la negación al cambio, hasta el compromiso con el mismo, pasando por las fases intermedias de la resistencia y la exploración).

Al final de todo este proceso previo, justamente al inicio del cambio que nos espera, siempre puede llegar alguien que te dice:

“Pero, ¿cómo vamos a negar la necesidad de cambio, si estamos cambiando permanentemente? ¿Sabías  que la tierra tiene una velocidad de desplazamiento de traslación alrededor del sol de más de 100.000 kms/ hora y una velocidad de rotación sobre su propio eje de más de 1.600 kms/ hora? ¿Y sabías que nuestra galaxia se desplaza a una velocidad de más de 900.000 kms/ hora? Esto quiere decir que desde que inicié esta frase hasta ahora, estamos a unos 600 kms. de aquí… ¡No podemos resistirnos al cambio!”

Y ese mismo día, cuando ya has llegado a tu casa, pensando que a todos los que te rodean les falta un hervor y  que en tu hogar nada ni nadie te va a pedir que cambies, lees en un suplemento dominical el artículo de un Psicólogo Clínico titulado El Sufrimiento, en el que te regala una perla como ésta: “el sufrimiento es el hijo de nuestra resistencia a lo que irremediablemente va a cambiar y de nuestra negación a lo que inevitablemente ya se va”.

A la mañana siguiente, porque no pienso detallar cómo transcurrió tu segura noche en blanco, te ha dado tiempo a negarlo todo y a enfadarte por todo, hasta que sin haberlo decidido conscientemente, te das cuenta de que lo has aceptado. Y cuando ya lo has aceptado es mucho más fácil desarrollar un par de competencias que te van a hacer falta en todo este proceso de cambio, la capacidad de adaptación y la flexibilidad.

Ya nos dijo Darwin en su momento que “ los que sobreviven no son ni los más fuertes, ni los más inteligentes, sino los que se adaptan mejor”. Y por otro lado, no hace falta que te recuerde que lo rígido termina rompiéndose con más facilidad que lo flexible.

El Universo nos indica que para mejorar o simplemente para mantenernos, debemos cambiar (y si no, pregúntaselo al amigo obsesionado con las velocidades de la tierra y de la galaxia…), y siempre es preferible formar parte activa del proceso de cambio, que ser una víctima del mismo. Te lo garantizo.

Un comentario

  1. Carlos 9 mayo, 2017 en 11:02 am

    Gracias.

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